NUMERO DE VISITANTES

ANDALUCISTAS POR COIN

ANDALUCISTAS POR COIN

sábado, 8 de agosto de 2009

HOMENAJE A BLAS INFANTE

Hermanas y hermanos andaluces:

Me llamo Antonio Manuel.

Antonio por mi abuelo materno, El Carbonero.

Y Manuel por mi abuelo paterno, El Latonero.

Mi abuelo Antonio fue jornalero y anarquista. Se dejó la piel por los más débiles sin esperar que los más débiles se lo agradecieran. En el penal del Puerto aprendió a leer con Shakespeare y Cervantes. Él me enseñó a amar la vida, la cultura y la libertad más allá de lo saludable.

Mi abuelo Manuel fue artesano y apolítico. No estuvo en más cárcel que la de su conciencia y su taller de dos metros cuadrados. Mi padre todavía conserva las herramientas y la técnica artesanal de su padre. De ellos aprendí a poner el alma en todo lo que hago.

Mi abuelo Antonio y mi abuelo Manuel no se parecían en nada. Pero los dos se lavaban igual antes de comer. Se arremangaban hasta los codos. Se mojaban la cara. Se frotaban los ojos. La boca. Las orejas. Tomaban y expulsaban el agua por la nariz. Y terminaban frotándose el pelo.

El año pasado estuve en la Gran Mezquita de Agadez en Níger. Yo no soy musulmán. Así que para entrar en ella tuve que imitar a un niño que hacía la ablución a mi lado. El niño se arremangó hasta los codos. Se mojó la cara. Se frotó los ojos. La boca. Las orejas. Tomó y expulsó el agua por la nariz. Y terminó frotándose el pelo. Aquel niño negro y africano se lavó exactamente igual que mis abuelos antes de comer. O mejor dicho: mis abuelos andaluces se lavaban como musulmanes antes de rezar. Como lo hicieron los padres de sus padres. Sin saber por qué. Mi padre todavía se lava así.

Yo no.

Mi abuela Rosario era jornalera. Y mi abuela Angelita, modista. La una casi atea. La otra, católica. Diferentes como la noche y el día. Pero las dos hacían sábado. Brillara el sol o lloviera a mares, mis abuelas abrían las ventanas, los balcones, las puertas. Las dos ponían la casa patas arriba. Y las dos desnudaban las tripas de su hogar a los ojos de la gente. Cualquiera que pasara por la calle sabía el color de las sábanas, del suelo, de las sillas, del techo. Siempre me pregunté por qué limpiaban así incluso cuando la humedad del ambiente lo desaconsejaba. ¿Por qué precisamente un sábado, un día normal para la mujer enclaustrada de entonces? ¿Y por qué de rodillas si el resto de la semana fregaban de pie?

Los judíos no pueden realizar actividad alguna durante el sabbat. Desde el ocaso del viernes al ocaso del sábado. No trabajan fuera ni dentro de casa. No pueden cocinar. Ni encender fuego siquiera. Hasta hace bien poco, parecer judío o morisco en Andalucía implicaba expropiación, destierro, cárcel o muerte. Muchos salvaron sus negocios acusando a la competencia de herejía. Moro o marrano aún son insultos socialmente aceptados.

Las mujeres que limpiaban su casa como esclavas, todos los sábados, con las puertas y las ventanas abiertas de par en par, se estaban autoexculpando públicamente de parecer judías. Al principio lo hicieron para sobrevivir. Luego sus hijas y las hijas de sus hijas continuaron haciendo sábado sin saber por qué.

Mi madre todavía lo hace. Mis hermanas no. Ni yo tampoco.

Decía Blas Infante que todos los hombres y mujeres conducimos en sí, a nuestros abuelos arcaicos. Que nuestra vida actual es un complejo de vidas de nuestros antepasados, del cual somos una actual resultante. Y tenía razón. Pero yo, que me llamo como mis abuelos, que heredado de ellos su actitud vital en defensa de los más débiles, su pasión por Andalucía, la cultura y la libertad, no hago sábado como mi madre ni me lavo antes de comer como mi padre. ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Qué ha cambiado para que sea yo quien rompa una cadena de siglos? Sin lugar a dudas, ha cambiado Andalucía. Y nosotros con ella.

La realidad que conoció Blas Infante no es la realidad de ahora. Ni siquiera la realidad de hace 30 años. Andalucía es otra. Y otro el pueblo andaluz.

Andalucía no es la jornalera y subdesarrollada que marcó la infancia de Blas Infante y la mía propia.

Ni el pueblo andaluz el mismo de aquel 4 de diciembre que ni Blas Infante ni yo conocimos. Ese que dicen que movilizó a millones de andaluces para conseguir lo que todavía no ha conseguido ni conseguirá ningún otro pueblo de España. Cuentan que salieron a la calle con banderas prohibidas. Que pedían tierra y libertad. La tierra, con los pies en el suelo. La libertad, con los puños en alto, apretando el aire en señal de pertenencia. No fue un sentimiento impostado. Había verdad. Había Andalucía. Pero el tiempo aniquila con la misma desidia las emociones y las células de la cara. Aquello pasó y no volverá a pasar jamás.

Aceptémoslo.

Andalucía es otra.

Y otro el pueblo andaluz.

Y la culpa es mía. Y de mi generación. Nosotros ya no somos los hijos del agobio sino de la abundancia. Los hijos del consumo globalizado. Del bienestar. Ya no somos la generación de los puños rebeldes sino la generación de los puños dóciles. La generación de la indiferencia.

La generación que enterrará el alma de Andalucía.

Dicen que durante un viaje astral el cuerpo se separa del alma. Que te puedes mirar abajo y verte sin alma o mirar arriba y verte sin cuerpo. Y que no te mueres mientras no se rompa un cordón de plata que hilvana tu cuerpo con el alma.

Hace demasiado tiempo que el alma de Andalucía vive desligada de su cuerpo. Ocultando lo que fue y simulando lo que nunca a llegó a ser. Al principio, por instinto de supervivencia. Luego, sin saber por qué. Cultura es aquello que queda después de haber sido olvidado. Los andaluces olvidamos por qué nos lavamos las manos como musulmanes y por qué hacíamos sábado para no parecer judíos. Pero lo hemos seguido haciendo durante siglos como huellas vivas de nuestra resistencia cultural a un modo impuesto y extraño de entender la vida.

Blas Infante llamó a esta época de resistencia cultural “era flamenca”. Y la definió como una actitud, como un “fluir subterráneo, oculto o inexpreso, del estilo andaluz, creando sus hechos culturales como el ladrón que se oculta entre sombras”. No hay persona ni pueblo que hubiera sobrevivido a esta esquizofrenia sin perder la memoria y su identidad. Andalucía lo consiguió como siempre lo ha hecho: transformando la realidad para hacerla suya. Convirtiendo su instinto de conservación en cultura. Andalucía es camaleónica y ha hecho del mimetismo y del camuflaje su manera de ser y sobrevivir. Por eso, a pesar de todo, su alma ha permanecido casi intacta en esencia. Pero conmigo, con mi generación, buena parte de estas huellas, de nuestra cultura más auténtica, de nuestra actitud frente a la vida, de nuestra alma, se extinguirá para siempre.

Me refiero a la cultura íntimamente ligada al modo de vida rural y jornalero. A la cultura de la tierra. A la cultura de la resistencia. A la era flamenca. Los jornaleros han ejercido de reserva étnica de aquella Andalucía clandestina, morisca y conversa. Fueron el cordón de plata que la mantuvo viva. Hasta hoy. Con la desaparición del jornalero, se extingue su cultura. Y sin él, se extingue el alma de Andalucía.

Y sin alma, no somos nadie.

El alma de un pueblo es su identidad cultural. Y sólo las identidades culturales pueden y deben ser consideradas células madre de las identidades políticas. Blas Infante no creyó jamás en este orden mundial manejado por los Estados Nación, hijos bastardos de las guerras y los colonialismos. Blas Infante sólo creía en los pueblos culturales como unidades legítimas de poder político. Así pues, bastaría con aniquilar la identidad cultural de un pueblo, matar su alma, para acabar con su potencialidad política. Esa es la razón de ser y la trampa de la globalización: promover la uniformidad cultural en el planeta, eliminar las diferencias culturales entre los pueblos, banalizarlas o convertirlas en productos de consumo, y de esta manera instaurar un único gobierno mundial tolerado por las masas. Y hacia allí vamos como pájaros pinzones a los que se les arranca los ojos para que no dejen de cantar. Hacia el universalismo político que tanto repugnaba a Blas Infante.

Él lo predijo hace más de 80 años con su mágica intuición. Y lo condenó de esta forma: “Contra el reconocimiento de la libertad de los pueblos se ensaya otra resistencia basada en las patrañas: la del universalismo político. Esto es, concluir las distinciones populares en núcleos cada vez de mayor extensión y, siguiendo este criterio, llegar hasta el Estado Único, hasta el Parlamento único de la tierra. ¡Cualquiera se entendería en este parlamento! El centro adecuado geográfico de un Estado tan universalista debiera ser el Polo Norte”.

Pero con más esperanza que ingenuidad, el propio Infante creyó que no sería sencillo instaurar el universalismo político por dos razones: primero, porque la globalización más que simplificar las culturas las terminaría difundiendo por todo el planeta; y segundo, porque la individualidad cultural de los pueblos no se mata tan fácilmente. Para Blas Infante sería preciso que esos pueblos hubieran sido desplazados de sus territorios íntegramente, destruidos en su totalidad o trasladados en masa a otros territorios extraños, o sería necesario que el medio desapareciera o se transformara.

En ambas hipótesis, Infante se equivocó. Más bien le pudo el corazón a la cabeza. Porque ya no son necesarias las bombas atómicas, ni las deportaciones masivas, ni los genocidios colectivos, para acabar con las identidades culturales más frágiles: basta con el dinero y la televisión.

Blas Infante se negó a creerlo y ponía a nuestro pueblo como ejemplo de resistencia cultural frente al universalismo político. Decía que el utilitarismo europeo no había conseguido la uniformidad en Andalucía. Que Andalucía era pensar y sentir. Que el alma andaluza no se había ido. Que había quedado en sus pueblos, esclavizada en su propio solar. En la cultura jornalera. Y por eso gritaba Viva Andalucía Libre. Y lo insertó en nuestro himno para que al cantarlo reivindicáramos en voz alta la vitalidad del alma andaluza, libre del capitalismo insensible de Occidente. Lástima que aquella uniformidad cultural que no pudieron conseguir en quinientos años, estén a punto de lograrla en menos de treinta.

Aunque me duela decirlo, creo que los andaluces hemos roto el cordón de plata con nuestros antepasados porque el Estado del Bienestar, la Unión Europea y mil subproductos más de la globalización capitalista han acabado con la era flamenca. Y lo que es peor: han acabado con ella sin que hayamos tenido conciencia de haberla vivido. El alma sabia y rebelde de la Andalucía clandestina fue capaz de sobrevivir al desplazamiento masivo de moriscos y judíos, a la destrucción sentimental de Al Andalus, a la expropiación ilegal de nuestra tierra, a la ocultación de nuestra historia, al hambre, a la emigración, a la guerra, o a la represión contra los más débiles promovida en todas las épocas por toda clase de gobiernos.

Pero me temo que el alma anestesiada de la Andalucía de hoy no sobrevivirá a la deforestación ecológica, social, cultural y política que está provocando el consumo globalizado. La amenaza es ya una realidad. El futuro ya está aquí. Nuestras ciudades se parecen cada vez más a las de cualquier otra parte del planeta. Nuestros hijos ven las mismas series de televisión que en África o Asia. Juegan con las mismas consolas. Visten igual. Todos estudiarán en Europa y Estados Unidos. Sus paisajes cotidianos serán cada vez más parecidos. Cuando sean mayores, apenas si podrán votar entre dos franquicias políticas como en el resto de países civilizados. Y, por supuesto, nuestros hijos querrán consumir y consumir para sentirse fugazmente felices.

Igual que nosotros.

Pero quizá lo más doloroso será comprobar que nuestros hijos tampoco se la lavarán las manos como sus abuelos, porque jamás vieron a sus padres lavarse de esa manera. Y la culpa, esta vez, será nuestra. Todavía estamos a tiempo. Todavía quedan huellas vivas pero incomprendidas del alma de Andalucía en peligro de extinción. Si no tomamos conciencia de ellas y de lo que significan, mañana serán fósiles bajo tierra.

Por eso afirmo que Andalucía es otra. Y otro el pueblo andaluz. Yo acepto esta nueva realidad sin resignación ni nostalgia. Pero me niego a acatarla como tampoco la acataría Blas Infante. Porque si él estuviera aquí, vivo entre nosotros como yo siento que lo está, no permitiría la muerte del alma de su pueblo. De su identidad cultural. De su espíritu de resistencia. De su fundamento político. Y menos ahora, precisamente ahora, cuando su bandera verde, blanca y verde ondea en nuestras instituciones, cuando su himno se canta en las escuelas, cuando más poder autónomo hemos alcanzado en nuestra historia más reciente. Parece mentira que la misma utopía por la que se dejó la vida sea la que entierre el alma de Andalucía.

¿Y por qué la dejan morir? ¿A quien interesa la muerte del alma de Andalucía?

Sin duda, a los políticos que hoy no están aquí. A los políticos que la gobiernan. Y a los intereses que defienden. Los de su partido. En España. Los mismos políticos que juegan con nuestra deuda histórica, los mismos que hacen coincidir nuestras elecciones con las generales, los mismos que se reeligen indefinidamente, los mismos que desprecian a la sociedad civil cuando no son afines, los mismos que permiten los atentados urbanísticos en nuestra tierra, los oleoductos, los cementerios nucleares, las bases militares, los mismos que renunciaron a nuestros campos, a nuestra pesca, a nuestra energía, los mismos que utilizan y manipulan la figura, la obra y el pensamiento de Blas Infante. Los mismos que lo ignoraron entonces. Los mismos que todavía lo ignoran.

Y que hacen lo indecible para que los andaluces lo sigan ignorando.

A todos ellos les interesa que Andalucía se convierta en un ente clónico e invisible para los andaluces. Que sus noticias ocupen un par de páginas a lo sumo en mitad del periódico o un par de minutos de televisión entre los sucesos y los deportes. Y para conseguirlo, nada mejor que hacer invisible al propio Blas Infante. ¿Por qué tantas calles, plazas y bibliotecas y sin embargo no se estudia en los colegios que llevan su nombre? ¿Y por qué ahora esos políticos proclaman su andalucismo y a la vez se comportan como si le repugnara la palabra?

Porque la figura de Blas Infante es como un beso que enamora. Pero su pensamiento es como dinamita que estalla en los ojos. El discurso político de Blas Infante es rabiosamente contemporáneo. Revolucionario. Y, por supuesto, contrario a sus intereses.

Blas Infante decía que la muchedumbre era la masa y el pueblo su conciencia minoritaria. Por eso creía en la soberanía social, en la democracia directa y popular, en el poder del pueblo que se sabe y se siente libre, en la patria ciudadana, y desconfiaba de los partidos políticos y de sus estructuras. Decía que hay que estar siempre en guardia contra el enemigo común, el actual secuestro de la tierra, causa de todas las calamidades sociales. Creía en el universalismo humano desde el respeto a las diferencias. Intuyó que la crisis de Occidente no era ni política, ni económica sino humana, una crisis de humanidad. Decía que por encima de todos los estados políticos, el estado natural del ser humano era el de su libertad. Creía en el encuentro. En el alma. Y a fuerza de tanto decir, un día como hoy hace 72 años, lo callaron de un disparo.

A Blas Infante lo mataron antes de tiempo para no morir nunca. Su discurso todavía hoy resulta demasiado antisistema para ser conveniente. Por eso hoy, más que nunca, su pensamiento universalista, pacifista, intercultural, humanista, feminista, ecologista y libertario es la solución para Andalucía y desde Andalucía para la Humanidad entera.

Nos hallamos ante un momento crucial para nuestro planeta, para nuestra tierra, para nuestras vidas y la de nuestros hijos. Es la primera vez en la historia de la Humanidad en que el futuro no se percibe como progreso sino como amenaza. Para acaparar egoístamente todos los recursos planetarios, hemos provocado una deforestación ecológica, social, cultural y política sin precedentes en la historia de la Humanidad. Infinitamente más perversa y dañina que todas las guerras mundiales. La sociedad primermundista lo sabe y aún así no renuncia a su nivel de Bienestar. Las utopías han muerto. No hay ideología más allá del consumo globalizado. Nunca como ahora el ser humano ha tenido tanta conciencia de pertenecer a la Humanidad, y nunca como ahora el ser humano ha sido tan individualista.

Y entre la Humanidad y el individuo, cada vez más nada. Desaparecen las fronteras para el tránsito de información, mercancías y capitales pero no para los cayucos y las pateras. Los Estados-Nación comienzan a borrarse de las conciencias y de las economías mundiales. Todo tiende hacia el Universalismo político. Hacia un único gobierno mundial. Hacia la trampa. Y todo el mundo pica el anzuelo porque cada día el mundo se parece más al barrio londinense de Canden Town, donde las distintas culturas se compran y se venden como souvenirs a saldo, porque en el fondo sólo hay una cultura que nadie discute: el mercado. La única religión planetaria.

Decía Aristóteles que la mente es lo divino del hombre. Y yo digo que el corazón es lo humano de dios. El hombre lleva jugando a ser dios desde que es hombre. Pero nunca como ahora de una manera tan desalmada. Tan fáustica. El hombre contemporáneo es un dios sin corazón que ha normalizado la venta del alma al diablo para conseguir lo que desea. Y cuando al fin lo tiene, quiere más porque no tiene alma para disfrutarlo. Éste es el fundamento del absolutismo de mercado. Del liberalismo político y económico. La apariencia de libertad para escoger entre los productos que nos ofrecen. Y la perpetua insatisfacción. Uno es aparentemente más feliz mientras más tiene. Y mientras más tiene, más desea. Y mientras más desea, más infeliz. Y mientras más infeliz, más solo.

Y en medio de la nada, perdida y sin alma, víctima de todos estos procesos aniquiladores, sola, Andalucía.

Hay un reloj de sol en la cara norte de la Giralda de Sevilla. Un reloj de sol donde no da el sol. Cuenta la leyenda que lo colocó un filósofo andalusí antes de marcharse al Oriente, huyendo de la intransigencia y del integrismo irracional que se instaló en nuestra tierra. Para la cultura grecolatina, el tiempo es una línea horizontal donde el futuro queda delante y el pasado detrás. Para los musulmanes andalusíes, el tiempo es vertical, el pasado se asienta en los pies y el futuro apunta a las estrellas. De esta manera crece el individuo sobre lo vivido. El reloj de sol de la Giralda apunta hacia el sol de medianoche, hacia la luz entre las sombras, para que Andalucía no olvide lo vivido y mire siempre hacia el cielo. Para no perderse.

Blas Infante, otro hombre de luz, intuyó que este momento llegaría. Y nos dio el arma para combatirlo: el andalucismo.

¿Y en qué consiste el andalucismo de Blas Infante? En la lucha desde Andalucía contra el universalismo político. En la lucha por mantener la diversidad ecológica, cultural, social y política a todo lo ancho y alto del paralelo 36, para Andalucía, los pueblos y la Humanidad. Las causas justas no tienen patria. Y el andalucismo tampoco. Por eso me atrevo a afirmar que no hay mensaje más esperanzador ni utopía más atractiva que el andalucismo de Blas Infante como expresión paradigmática del universalismo humano en el planeta. El andalucismo de Blas Infante es como el reloj de sol de la Giralda: un referente de luz para que Andalucía no se pierda entre las sombras.

Esta vez la noche se llama globalización. Su coartada es la uniformidad. Y qué mejor metáfora para explicarla que el eslogan de un anuncio de coches:donde no hay diferencia queda la indiferencia. Los mismos paisajes. La misma gente. La misma cultura. Y contra ella combate el andalucismo.

La pérdida de biodiversidad es el componente básico del cambio climático: pierden las especies autóctonas y ganan las banales y exóticas. De ahí que los ecosistemas planetarios tiendan a homogeneizarse. Cada vez son más escasos nuestros linces, águilas y pinsapos y menor su capacidad de reproducción. Eso facilita que aumenten los ratones, urracas y eucaliptos, lo que “nos hace más parecidos a otros lugares”.

Lo mismo ocurre con nuestra sociedad. El Estado del Bienestar se inventó para terminar con la lucha de clases eliminando el presupuesto de hecho: el propio concepto de clase. Muerto el perro, se mata la rabia. Dejan de existir burgueses porque solo hay burgueses. Clase media. Consumidores que no ven los extremos económicos de la sociedad. Los marginados se instalan en las periferias de las ciudades. Los ricos en los gimnasios y restaurantes mezclados con la chusma corriente. Y mientras unos morimos de colesterol, el resto se muere de hambre.

La misma deforestación ocurre con la cultura. Quizá la más grave y determinante para que la masa consienta el universalismo político. Igual que se extinguen especies animales o plantas, cada semana desaparece una lengua en el planeta. Y mientras sepultamos para siempre una manera distinta y milenaria de decir madre, Zara abre tiendas con los mismos escaparates por todo el mundo. Y la gente viaja a Nueva York para comprar lo mismo que ve en la calle Sierpes.

Por último, la deforestación política. Cada vez votamos menos y a menos partidos. Apenas dos marcas electorales han secuestrado toda la política representativa dejando sin voz a la sociedad civil. Y encima nos cuentan que eso es lo moderno. Como en Suiza y Estados Unidos. No. Eso es mentira.

Andalucía está padeciendo como ningún otro pueblo de España y Europa esta deforestación masiva. Nuestras costas y pueblos se han plagado de edificios. Nuestros campos de barbechos y ahora de huertos solares subvencionados para que no quiebren las promotoras inmobiliarias. Ocupamos los últimos lugares en desempleo, producción industrial, renta y educación. Incluso nos morimos antes que la media española. Pero a nadie importa porque Andalucía se ha hecho invisible para los andaluces. El nuevo estatuto que aprobaron apenas un tercio de votantes nos ha colocado en el segundo escalón autonómico detrás de las privilegiadas de siempre, vulnerando así el espíritu popular del 28 de febrero. Seguimos siendo la única comunidad que hace coincidir sus elecciones autonómicas con las generales, como un postizo de cuyos resultados nos enteramos de madrugada y que ha condenado lentamente a la marginalidad al hecho diferencial andaluz. Esta coincidencia electoral es sin duda el mayor de los desprecios a nuestro pueblo, perpetrado por los mismos que no estando aquí también desprecian a Blas Infante.

Ya está bien. Andalucía es otra. Y otro el pueblo andaluz. Lo acepto pero no lo acato como tampoco lo acataría Blas Infante. Si él estuviera aquí entre nosotros, vivo como yo siento que lo está, volvería a gritar ¡Andaluces levantaos! Pedid tierra y libertad. Pero no lo pediría igual que hace 72 años. Ahora todo es más sutil y complejo.

Ahora Tierra y Libertad equivalen a ecologismo, autosuficiencia alimentaria y energética, elecciones propias para Andalucía y más sociedad civil. Blas Infante lucharía contra la adulteración del andalucismo al que los partidos estatales quieren convertir en una línea transversal de sus programas, como ya hicieron con el ecologismo o el feminismo. Blas Infante reivindicaría la esencia del andalucismo como la única ideología desglobalizadora que contiene en sí misma la lucha ecologista y libertaria. Por eso pido a los políticos que hoy sí están aquí un esfuerzo de generosidad y humildad para crear una fuerza esencialmente andaluza adaptada al siglo XXI, una casa común donde se encuentren la radical democracia, el ecologismo y andalucismo político.

Si Blas Infante estuviera aquí se sentiría tremendamente orgulloso de este acto civil en su homenaje, protagonizado por el pueblo andaluz, donde no hay más protocolo que la evidencia de ser todos iguales. Aún así, pido al Presidente de la Junta de Andalucía que reflexione sobre su ausencia, para que sea el último año que falta al respeto de Blas Infante no acudiendo al lugar de su fusilamiento. Igualmente pediría a todas las fuerzas políticas andaluzas que no organicen más actos paralelos en su memoria y que acudan a éste, por favor, sólo a éste. No frivolicen más con la muerte indigna y todavía no restaurada del Padre de la Patria andaluza.

Pero sobre todo, si Blas Infante estuviera aquí, vivo entre nosotros como yo siento que lo está, lucharía para resucitar el alma de Andalucía. Y lucharía para la recuperación de nuestra conciencia como pueblo. Y se dejaría la piel por la normalización de nuestra historia en los colegios y bibliotecas. Y volvería a pedir simbólicamente el uso ecuménico de la Mezquita de Córdoba, la repatriación jurídica y sentimental de los descendientes de andalusíes expulsados, o la declaración del flamenco como patrimonio intangible de la humanidad por la UNESCO.

Yo lo he hecho. Pero yo no soy nadie. Solo. Apenas el colibrí de la fábula. Cuentan que el bosque ardía. Los animales huyeron hacia el lago. Y allí lamentaron la pérdida del decorado de sus vidas. Todos menos un colibrí. Tomó una gota de agua en su pico y se fue dirección a las llamas. Volvió una, dos, tres, cuatro veces ante la mirada atónita de los demás. Al quinto viaje, un animal cualquiera le preguntó: “¿No ves que tu esfuerzo es inútil? Ni aún con un millón de gotas, ni aún dedicando tu vida entera, conseguirías apagar el fuego”. Tienes razón, contestó el colibrí, pero al menos yo estoy poniendo mi parte.

La realidad es terca y conviene aceptarla. Como el resto de los animales, el colibrí también acepta la insolencia de la verdad. Pero no la acata. Sabe que el bosque se convertirá en cenizas. Pero con su conducta diferenciada de la masa, el colibrí está quemando las conciencias del resto de los animales que contemplan las llamas con los brazos cruzados. Si se hubiera quedado quieto como ellos, ninguno se hubiera cuestionado su comportamiento. Al asumir su responsabilidad colectiva, el colibrí los está dejando en evidencia. Porque si todos imitaran al colibrí, tal vez la realidad sería otra. Quizá se apagara el fuego. Al menos, el fuego de sus conciencias. En eso consisten las utopías. En aceptar la realidad para desobedecerla. Y en eso consiste el andalucismo. En que todos los que estamos hoy aquí actuemos como colibríes para Andalucía.

Aceptemos la verdad. Andalucía es otra y otro el pueblo andaluz. Yo la acepto pero no la acato. Como Blas Infante. Como el colibrí. Yo me llamo Antonio Manuel. Como mis abuelos. Tengo dos hijos a los que mi mujer y yo hemos llamado igual que los padres de nuestros padres. A partir de mañana, prometo que nos lavaremos juntos las manos antes de comer como hacían sus abuelos. Y les contaré por qué sus abuelas hacían sábado.

Para que no lo olviden.

Al mayor lo llamamos Liberto en recuerdo de su abuelo libertario. Lo llamamos Liberto para que no olvide jamás que la libertad, como el amor y la memoria, se gasta de no usarla. Para que no olvide jamás que ha nacido libre y que el uso de su libertad dará sentido a su vida.

Y lo llamamos Liberto para que no olvide jamás el ansia de libertad del pueblo al que emocionalmente pertenece, para que no olvide jamás el deseo que lleva Andalucía hilvanado a su nombre, para que no olvide jamás el último grito de Blas Infante con una bala incrustada en la espalda. El mismo que os pido que gritéis conmigo. Pisad la tierra que os pertenece. Levantad los puños y apretad un pedazo de cielo porque es vuestro. Y demostrad a Blas Infante que su voz y el alma de Andalucía siguen vivas, más que vivas que nunca:

¡Viva Andalucía Libre!

No hay comentarios:

Publicar un comentario